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Misiones


Aguas que se derraman con furia en la selva


La incomparable aventura de disfrutar los Saltos del Moconá, generados por una falla geológica de más de 3 kilómetros de largo en las nacientes del río Uruguay.
 


Una cascada, vegetación tupida y pájaros sintetizan desde una fotografía el derroche de biodiversidad plasmado sobre el suelo de Misiones. La imagen ilustra la portada de un libro lleno de impactantes postales de la selva paranaense, que reposa sobre una mesa de ratán, en la galería del Don Enrique lodge, a 22 kilómetros de los Saltos del Moconá.

Quince turistas llevan casi una semana inmersos en la serena atmósfera de este hotel rústico, sin haber mostrado el mínimo interés por hojear las páginas de la publicación, a la que apenas observaron con desgano no bien desensillaron. Es que ya fueron seducidos por el paisaje dinámico, una porción del Corredor Verde real, posado ante sus ojos desde el primer momento, que los mantiene cautivos.

Ahora, cuando el sol se aleja y a la tarde le quedan los últimos brillos, observan maravillados la perfecta armonía de la selva con la sinuosa silueta del río Paraíso, mientras un concierto de trinos se lanza al aire desde la maraña vegetal.

Si bien toda esa manifestación sin retaceos de la selva parece estar acompañada en todo momento por aguas calmas –como también puede comprobarse en la cercana localidad de El Soberbio o en Puerto Paraíso, a orillas del río Uruguay–, por aquí nada se asemeja a lo que parece a primera vista. Un corredor de aguas enfurecidas late poco más al norte, en las nacientes del río.

Cruce de culturas
Aunque los mapas indican que el cauce del Uruguay separa el territorio de Misiones del estado de Río Grande do Sul, en Brasil, ninguna referencia advierte que el lecho verdoso es la columna vertebral de una región que prescinde de las fronteras culturales. El inmigrante europeo, el criollo, el brasileño y el originario guaraní –aunque desplazado a modestos caseríos– son porciones firmemente ensambladas de un todo que define la idiosincrasia de cada poblador. Son ellos los que aportan las voces más idóneas para referir con veneración a los Saltos del Moconá, surgidos en el ruidoso encuentro de los arroyos Pepirí Guazú y Yabotí con los ríos Calixto y Serapiao.

Una mañana agradable de otoño, mientras la combi se desplaza por la ruta 2 –que lleva desde El Soberbio hasta Moconá–, la selva y sus habitantes se desperezan, refrescados por una tímida brisa que asoma bajo el sol todavía tenue. Sobre la angosta franja que dejan entre medio el camino zigzagueante y los paredones de roca basáltica de la serranía giran toscamente las cuatro ruedas de un carro polaco de madera, traccionado por dos esforzados bueyes. Sin soltar las riendas, el conductor y sus hijos –de cabellos rubios y ojos claros que delatan su origen europeo– dispensan sonrisas generosas para devolver el saludo. Para los visitantes, parece la contraseña inequívoca de un buen presagio. También los nombres de las aldeas que se suceden junto al camino de 80 kilómetros hasta los saltos sugieren ser optimistas: Primavera, La Flor, Puerto Paraíso.

Unos 30 kilómetros de completar el paseo, la bienvenida prodigada por Adriana Fiorentini en la Reserva y Jardín Botánico Yasí Yateré se condice con esas señales auspiciosas: “No existe mejor lugar que este para criar hijos y disfrutar de la energía que nos brinda la naturaleza”, proclama para dar inicio a una caminata por senderos que perforan la selva. El sendero alterna plantas aromáticas con bromelias, más de treinta variedades de orquídeas y 16 tipos de helechos. Un pájaro yacú poí picotea la copa de un árbol, justo allí donde un escuálido arroyo amaga con desaparecer debajo de un puente. Pero resurge, transformado en una sonora cascada, en su decidido paso hasta la desembocadura en el río Uruguay. La escena sirve para seguir modelando los Saltos del Moconá en la imaginación y –ya con cierta carga de ansiedad– volver a agitar la curiosidad.

Después de superar un angosto puente sobre el arroyo Yabotí y una desafiante trepada de 800 metros de largo, el destino esperado parece estar a un paso. La primera aparición de los Saltos del Moconá se limita al sonido atronador del agua que se vuelca. Se escucha como un creciente rumor –aunque todavía se obstina en ocultarse– debajo del mirador que corona el trekking de 1.800 metros del sendero Chachí.

El espectáculo mayor
Por primera vez decido cambiar el paso y regreso a las apuradas –seguido con resignación por el guía Rodolfo de la Vega– hasta el puesto de los guardaparques, decidido a captar de una buena vez ese rostro desembozado de la selva. Retomo la carrera en un camino que desciende hasta un embarcadero, donde una lancha bailotea en medio de un cardumen de dorados que juegan a salir a flote y sumergirse en el río transparente. La embarcación avanza entre los enormes bloques de roca basáltica y un par de minutos después es una figura borroneada, metida de lleno bajo el diluvio de las aguas agitadas por la cadena de saltos. El timonel maniobra en zigzag en los surcos que dejan las cascadas, que se precipitan desde alturas que oscilan entre 3 y 10 metros. Cuanto más avanza por el angosto pasaje de aguas, más se sacuden sin piedad la lancha y sus pasajeros.

Pero no hay margen siquiera para un lamento o un inoportuno esbozo de queja. Todo es regocijo para los turistas, mansamente entregados a este preciado baño de frescura, que la selva les dispensa en forma de módicos baldazos. Por un rato, tal vez generado por un extraño embrujo, nada del mundo los conmoverá más que el espectáculo central del Moconá.

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