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Misiones


Puerto Bemberg: cuentos de la selva


La posada resulta el punto de partida para una expedición de aventura y descubrimiento en el paisaje selvático de Misiones.
 


El calor húmedo persiste después de la lluvia. El sol asoma implacable pero no amedrenta. Después de tomar una refrescante infusión de yerba mate y jugo de lima, un gorro, pantalla solar y repelente son las armas para enfrentar un recorrido por la espesura. Apenas saliendo del casco de la posada cinco estrellas Don Puerto Bemberg (en Misiones) se inicia el Sendero del Yaguareté, una caminata de dos horas donde se revela la vida íntima de la selva.

 Hay que atravesar algunos cañaverales y bajar escalones para encontrarse con una maraña de lianas “cola de mono”. Es necesario desenredarlas para seguir adelante, aunque con cuidado: entre ellas se extienden enormes telarañas al estilo “hamaca paraguaya” que permiten imaginar el porte de las tejedoras. Afortunadamente, Herman, el guía, sabe a ciencia cierta por dónde desplazarse. Coníferas, los gigantes perobá (palo rosa), acayú e ygary (cedros paranaense y misionero, respectivamente) parecen relatar historias de amor, usurpación y engaño en su interacción con otras especies vegetales de la jungla. Nos topamos con un laurel negro cuyo tronco está enlazado amorosamente por un ibapoí (agarra palo).

Finalmente, los engañosos abrazos de esta higuera resultan mortales, ya que la planta, al crecer, va tomando la savia del árbol sobre el cual se aloja. Según Herman, dentro de poco tiempo terminará por cubrirlo y hacerlo desaparecer. En la selva, donde todas las especies luchan por sobrevivir, todo tiene su razón de ser. El instinto de preservación sorprende en las inteligentes abejas yateí , que no poseen aguijón y se protegen, por tanto, haciendo cavidades en los troncos donde forman panales tubulares. Para extraer la miel –muy requerida por sus propiedades curativas– sería necesario destrozar los añosos árboles.

Al avanzar por los vericuetos plagados de la urticante ortiga brava también se encuentran historias de solidaridad, como las de la enredadera “patas de rana”, cuyos zarcillos imitan al detalle esa fisonomía y se aferran a los troncos de los árboles, sin dañarlos, para trepar hasta el cielo en busca de la luz solar.

En la caminata se nos antoja haber hallado un probable motivo por el cual el mburucuyá (o maracuyá ) sea conocido como “el fruto de la pasión”. En la base de cada hoja, esta enorme enredadera –alcanza hasta 25 metros de altura– tiene un zarcillo flagelado enroscado de unos 10 centímetros de largo, con el cual va asiéndose amorosamente a cañas, árboles o cualquier otra planta que le sirva de soporte.

Una cascada donde revolotean las enormes mariposas morpho marca el fin del Sendero del Yaguareté, cerca del puente colgante que lleva hacia sendas de mayor dificultad. Esta zona de Misiones está repleta de pequeñas caídas de agua, prácticamente desconocidas por su difícil acceso. Algunas de ellas incluso están ubicadas en propiedades privadas. Desde el puerto se puede navegar unos 10 kilómetros por el río Paraná hasta el salto Yacy. El clima permite tomar un baño refrescante y luego seguir remontando el río, donde se suceden otras quince caídas de agua menores.

El atardecer es el momento para hacer una pausa en la galería del restaurante de la posada, de cara a la selva, mientras comienzan los movimientos entre el follaje. También surgen los sonidos inquietantes, como un prolongado silbido melancólico ¿será el falso lamento del curupí, mítico duende maléfico de la selva? No: se trata de ejemplares de macuco –especie de perdiz regordeta con plumaje violeta–, que se llaman mutuamente antes de la caída del sol para dormir en su poleiro , el árbol elegido para reunirse. Es el momento del día para prestar oídos al idioma de los pájaros. Así se identifica, aun sin verla, la juguetona urraca azul con cresta violeta, que sorprende por su gran repertorio, que incluye imitaciones de otros pájaros y mamíferos. También se comprende por qué la lechuza tropical es más conocida por su nombre guaraní, arará-cucú : su voz continua y repetida deja escuchar exactamente esas palabras.

A la mañana siguiente diluvia. Sin embargo, no cesan los persistentes silbidos, gorjeos y repiqueteos de las aves. La sinfonía sólo se va acallando al llegar a la ruta 12, que surca la selva camino al aeropuerto de Iguazú.

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